Paris - 

París, una ciudad escrita por sus libros

Anna Maria Iglesia, Culturamas - 18 de mayo de 2015
París ya no es lo que era... Si, pero en París todavía es posible comprar viejos libros en cualquier rincón... Libros de todas las épocas, todos los autores, mezclados, en un diálogo palimséstico que el lector va descifrando...

Su rostro imberbe delataba su adolescente edad, una edad que escondía tras un chaleco negro como la corbata que relucía sobre su blanca camisa; cuello almidonado y una levita que le cobijaba de un frío inexitente. Caminaba con paso seguro, rodeado de algunos compañeros, todos de su misma edad, todos con traje e impoluta camisa blanca, pero él marcaba la diferencia con su bastón negro que sujetaba con su mano izquierda y que golpeaba, con la misma firmeza que sus pies a cada paso, sobre los adoquines de Boulevard Saint Germain.

Aquel joven parisino, aquel estudiante de un Lycée allí próximo, jugaba a ser un bohemio, un nuevo flâneur que, tras la máscara, puede que el disfraz, de una época y de una edad que no le correspondía, recorría las mismas calles del poeta, cuyas poesías llevaba guardadas en el bolsillo lateral de su levita. Ahí caminaba el joven Rimbaud, el Rimbaud del siglo XXI, aquel que soñaba con regresar a un París que, si bien desaparecido en la praxis, pervive en el espírtu, en una memoria colectiva que sus habitantes y muchos de quienes lo visitan conservan y mantienen. Embriagada como aquel joven, afectada irremediablemente por un síntoma similar al de Stendhal, recorría el Boulevard: “lo ves todo a través de la literatura”, me comentaba Estela mientras caminábamos, “¿qué sería de Anna María sin los libros?”.

Nada no sería nada, quiero contestarle, pero permanezco en silencio, frente a la puerta del Café de Flore. Los precios de las consumiciones no son los más adecuados para una becaria a la que pocos días antes le han confirmado que en la universidad no hay espacio para ella: “cuando termines tu beca y leas la tesis piensa en marcharte, aquí no te podemos ofrecer nada”, me habían dicho. Ante esto, el café se convierte de repente en un lugar para perderse, “¡Qué importa!”, le digo a Estela, “te invito a tomar una copa, mi futuro no depende de veinte euros”.

“Me hace ilusión ver a dos jóvenes con viejos libros de Gallimard”

Entramos, me refugio en ese bar, es una página más de tantos libros leídos, una página mil veces recorrida a través de la memoria literaria del siglo XX. La esquina al fondo a la derecha está ocupada, aquellos asientos que Sartre y Simone de Beauvoir solían ocupar cada tarde, convirtiendo aquella esquina en un rincón para el debate intelectual, no estaban disponibles. Nos sentamos en otro sitio, no muy lejos. A los pocos minutos de estar sentadas, una mujer a nuestro lado nos interrumpe: “Me hace ilusión ver a dos jóvenes con viejos libros de Gallimard”, nos dice mientras sostiene los dos volúmenes de cartas entre Sartre y Castor –así solía llamar el filósofo a Beavuoir- que acabo de comprar en los mercados de viejo a la orilla del Sena. “París ya no es lo que era”, comenta con añoranza, “no lo sé”, le contesto, “pero aquí todavía es posible comprar viejos libros en cualquier rincón”. Junto a Estela había recorrido la rive droite, rebuscando entre viejos libros que bajo el polvo de Lacalle esconden lamas grande tradición literaria allí estaban todos, Montaigne, Sartre, Ionesco, Beauvoire, Shakepeare, Voltaire,Gide….

Todas las épocas, todos los autores, mezclados, en un diálogo palimséstico que el lector va descifrando cada vez que, al azar, coge un libro, lo rescata del escondrijo y se lo lleva. Habíamos recorrido el Sena, visitado la ya demasido turística Shakespeare en Co. y entretenido en las librerías de Rue des Écoles para terminar en Pie de page, la histórica librería del Boulevard Saint Germain: allí encontré, entre las novedades, las cartas que Walter Benjamin había escrito durante su estancia en París, una estancia que había dado lugar a El libro de los pasajes, seguramente uno de las obras más indispensables de un siglo XX ya terminado.



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