Espagne - Lectures

Trabajen, jóvenes, trabajen: causas de la falta de independencia en la literatura

Por Recaredo Veredas. - Culturamas - 8 de octubre 2012
Uno de los motivos de la decadencia de nuestro país es la práctica inexistencia de una clase intelectual que posea una mínima independencia.

Uno de los motivos de la decadencia de nuestro país es la práctica inexistencia de una clase intelectual que posea una mínima independencia. Ningún área se libra y, ni mucho menos, esa minúscula parcela denominada literatura, tanto en su faceta crítica como creativa. Este breve artículo pretende demostrar que solo la independencia económica, conseguida por medios ajenos a la disciplina intelectual en la que se trabaja, permite la independencia intelectual.

El ecosistema literario es –como todos los ecosistemas artísticos, donde los complejos y la vanidad poseen una importancia equiparable, e incluso superior en algunos segmentos, al capital real- una constatación de la lucha hobbesiana del hombre contra el hombre. Pero antes de entrar en las consecuencias, vayamos al origen. Quien escribe una novela busca una retribución. Hay quien se contenta con el abrazo de su hermano o la admiración de sus amigos. La mayoría, lógicamente, aspira a algo más. Ese algo más puede ser real o simbólico. Es decir, un jugoso adelanto o elogios desmesurados de la crítica y ofertas de editoriales independientes. Compatibilizar ambas opciones solo queda al alcance de unos pocos. Por ejemplo del Cercas de Soldados de Salamina. Antes, durante los gloriosos ochenta, incluso durante los noventa, la nueva narrativa española (Muñoz Molina y cia) pudo saborear el doble triunfo. Ahora, en nuestros despiadados tiempos, los caminos se han bifurcado: quienes consiguen capital real no suelen lograr capital simbólico. Me refiero, por ejemplo, a Arturo Pérez Reverte, Stephen King o Ken Follet. Pero los matices de la lucha de los seniors* por capturar al público masivo los ignoro. Como decía Wittgenstein, solo se debe hablar de lo que se conoce y el mundo que habito es, pese a mi provecta edad, el junior.

En tan curioso hábitat los escritores solo reciben a cambio de su obra, si tienen suerte o talento o contactos o si combinan las tres virtudes, capital simbólico. Así ocurre porque el margen de beneficio que consigue el autor solo supone, en el mejor de los casos, el diez por ciento del volumen total de ventas y estas ventas son, salvo gloriosas excepciones, minúsculas. Conocer la cifra real es imposible porque los autores y los editores siempre, siempre mienten. Para conseguir un dato fidedigno lo más práctico es dividir por diez. Es decir, si un editor o un autor afirman que han vendido 5.000 ejemplares lo más probable es que hayan vendido 500. Si su libro tenía un PVP de 15 €, una simple operación matemática concluye que el autor habrá conseguido la magra cifra de 750 €. Tal dígito, incluso en un país de tan ridículos salarios como España, imposibilita  totalmente la dedicación profesional a la literatura

¿Por qué no venden los escritores jóvenes? Porque, en su mayoría, no quieren vender. Ellos lo niegan con sangre y lágrimas, echan la culpa al editor, al librero o a la decadencia de la prensa pero su conciencia más profunda sabe que no quieren vender. Lógico si tenemos en cuenta que los escritores no escriben para los lectores, sino para la aprobación de sus amigos y enemigos del mundillo. Están abducidos y, en consecuencia, escriben una narrativa ensimismada, autista, ajena al mundo y los intereses de sus potenciales compradores. Eso no implica que sea mala literatura: en un alto porcentaje escriben con cierta corrección, construyen personajes matizados y controlan las herramientas narrativas. El problema no reside en la calidad sino el referido ensimismamiento, concretado en el retorcimiento de la forma (sus opciones son arriesgadas y un tanto exhibicionistas y, por lo tanto, alejan a un lector que, ante todo, valora la nitidez del mensaje)  y del fondo (los sentimientos comunes son considerados tópicos y, en consecuencia, caen en la apología del matiz). Están hechizados por el mundillo, por un prestigio que tuvo cierta relevancia pública hasta los 90 pero ahora solo compete a los propios escritores. Tal es la atrofia que si tuvieran que optar entre una reseña de determinado blogger y la venta de 1000 ejemplares, optarían por la reseña. Podría alegarse que Faulkner, Joyce y compañía siguen en los altares y optaron por radicalidades aún más extremas. Sí, pero en sus obras habitaba la vida y la muerte en crudo.

El capital simbólico no cotiza en los mercados ni sirve para comprar pan o pagar el alquiler. Así pues existen cientos de escritores que poseen kilos y kilos de capital simbólico pero ni un puñetero duro de capital real. Y ser pobre es muy malo y obliga a los pobres escritores a buscarse la vida en el mejor de los casos en talleres (literarios, no metalúrgicos), en librerías, en editoriales. Si tienen mala suerte terminan vendiendo seguros, de becarios en cualquier despacho, ejerciendo, en suma, los oficios más desesperados. Sin embargo, aun así, pese a tal precariedad, hay miles de jóvenes dispuestos a pelear, aunque deban comer espaguetis todos los días de su vida, por su cachito de capital simbólico.

Ante tal precariedad llama la atención que una inmensa mayoría de los escritores jóvenes sea incapaz de hacerse una carrera fuera de la literatura, por ejemplo como empresario, biólogo o promotor inmobiliario lo que demuestra también el considerable declive de los genes nacionales. El gran Juan Benet tuvo tiempo para ser un importante ingeniero de caminos, tener hijos, mujeres y amantes, irse de parranda hasta su muerte y escribir miles de páginas. Como se ganaba la vida en otro negociado y consiguió que un pequeño núcleo de lectores amara su indescifrable obra, pudo mantener su gloriosa independencia e insultar, con nombre y apellido, a diestro y siniestro. Su amigo Luis Martín Santos estudió psiquiatría, fue director de un centro hospitalario y tuvo tiempo para escribir Tiempo de silencio. Sí, Tiempo de silencio. Llama la atención, por encima de todo, porque parece obvio solo quienes obtienen su bienestar en entornos ajenos al literario pueden ser independientes.

Tal vez la causa última sea un exceso de sensibilidad, una considerable falta de arrojo y, por supuesto, una absoluta ausencia de conciencia de la realidad: dedicarse al arte por el arte y no morirse de hambre, sépanlo, jóvenes escritores, solo queda al alcance de los ricos o de los moderadamente ricos, de quienes tienen arte para contraer nupcias con ricos o moderadamente ricos o de quienes saben arrimarse a las ubres –por fortuna, cada vez más decrépitas- del estado. O, por supuesto, de quienes asumen sin llantos que la pobreza es el destino natural del artista.

Resumamos: ante la imposibilidad de conseguir capital real, cientos de jóvenes escritores españoles se hunden en la búsqueda desenfrenada de capital simbólico, espoleada por ellos mismos, porque ellos mismos son quienes se critican y reseñan, reunidos en una marabunta incestuosa, endogámica y sumamente competitiva porque el capital simbólico, como las vidas en los videojuegos, se pierde con la misma velocidad que se consigue ¿Por qué? Porque lo ofrecen diez y, como máximo, 15 editoriales**. Si descontamos a los extranjeros, quedan, como mucho, 50 plazas anuales.  La vida misma implica que los jóvenes ataquen la posición previamente conseguida por la generación anterior. Como las tortugas en su desesperada huida de las gaviotas, los jóvenes escritores luchan contra el inevitable paso del tiempo, contra sus rivales-amigos-colegas y contra los peores enemigos: los jóvenes que desean asaltar su posición. Además muchos autores jóvenes, incapaces de compatibilizar una carrera profesional y su vocación literaria, no tienen donde caerse muertos con lo que la aprobación del mundillo y la lucha despiadada por los billetes de monopoly que emite les conducen hasta las puertas de Cáritas. Tal acumulación de circunstancias sitúa al joven escritor en una posición más desesperada que la de un marine en las trincheras de Afganistán.

Regreso al inicio, al inútil propósito de cambiar España: Todos, absolutamente todos, los escritores y críticos españoles o se conocen o están separados por un solo vínculo. Todos los escritores y críticos españoles pelean por su posición con uñas y dientes y en esa pelea deben servir a intereses absolutamente incompatibles con su labor. Esa primacía de lo personal, de las cuitas del mundillo, es una de las causas indiscutibles del declive de la crítica y de su pérdida de influencia. Cuando era joven el suplemento de Libros de El País poseía auténtica importancia. Sus recomendaciones eran seguidas por miles de lectores. Así ocurría porque los lectores creían en lo que las reseñas de Bértolo, Gándara o Suñén afirmaban. Eso no implica que no fueran maniáticos, sesgados, incluso malas personas. Pero poseían una mirada firme, que en muy pocos casos se dejaba modificar por compadreos, o, al menos, tenían la suerte de que sus compadres conectaran con su público. No niego que ahora no existan críticos que intentan transmitir su opinión al lector sin más compromisos que los dados por su naturaleza humana. Sin duda existen pero son tan pocos y poseen tan escasa relevancia dentro de la creciente atomización de los medios que apenas consiguen contactar con un público que, por otro lado, sigue con mucho menos fervor lo literario. Además casos como el de Ignacio Echevarría dejaron bien claro que, como afirmó el insigne Alfonso Guerra, quien se mueve no sale en la foto. Por otro lado  –recordemos el insoluble dilema del pan y la cebolla- la mayor parte de los críticos tiene ambiciones literarias, compra su pan con dinero que proviene del mundo literario y, por lo tanto, critica la obra de las editoriales en las que ha publicado o trabajado o desea publicar o trabajar, critica la obra de aquellos escritores con quienes desea llevarse bien o masacra la de aquellos colegas a quienes abomina, sea por puro odio o por rivalidad en la toma de una determinada posición. Combinadas, en el mejor de los casos, con reseñas negativas de narraciones extranjeras, de bestsellers o de autores muertos cuyo único motivo es mantener la credibilidad. Es decir: la crítica literaria española responde, en una amplia mayoría, al mantenimiento de la precaria posición, sea como escritor o como crítico, del reseñista en cuestión y se enmarca dentro de una lucha darwinista por la supervivencia que justifica ataques y alianzas y en la que la literatura solo posee un valor residual.

Concluyendo. O el joven escritor se acoraza cual Schwarzenegger para la lucha sin cuartel por un espacio que tal vez dentro de veinte años no exista o se busca un oficio ajeno a la literatura y sus tentáculos, que le permita escribir con la debida libertad y seguir la máxima de Breton: escribir como si estuviera muerto.

*Cuando cito a los mayores, me refiero a aquellos que han pasado la primera criba darwinista y que con 40-45 años han conseguido una posición mínimamente sólida, sin que haya oficio ni beneficio ajeno a la literatura de por medio. Su supervivencia cada día resulta más difícil porque la suerte que disfrutaron autores como Millás, Vicent o Grandes no la tendrán las futuras generaciones, por mucho que la prensa digital esté abriendo un hueco. Suerte en el sentido de encontrar un medio influyente, que les pague una cantidad aceptable por sus colaboraciones y, en consonancia, permita que sus libros reciban una considerable publicidad gratuita. Otros dos factores dificultan la cuestión. El primero: la disminución de chollos públicos, como Institutos Cervantes, premios regionales, municipales o nacionales (sea como jurado o como premiado), subvenciones o todo el artefacto creado por el estado para controlar la cultura. El segundo: la pérdida de interés del lector por la literatura media. Antes, durante los gloriosos tiempos de la postransición existía un interés real del público por lo literario. No por Manganelli, ni por Bernhard –que, en cualquier caso, eran mucho más leídos, citados y conocidos que sus actuales paralelos, sino por una literatura intermedia similar a la practicada por un Guelbenzu o, incluso, un Millás.  Ahora no existe ninguno. O se venden 200.000 ejemplares o se venden 3.000 (todo un éxito).

** Queda una pregunta pendiente: ¿quién autoriza a una editorial para emitir capital simbólico? Los propios miembros del mundillo, que lo sancionan gracias al reconocimiento, en redes sociales y blogs, de la belleza de su diseño y lo adecuado de su catálogo. Dicho reconocimiento es moderadamente discreccional. También influyen, como en cualquier actividad humana, los contactos previos del editor y, por supuesto, factores mercantiles como la calidad de la distribución o la habilidad de la correspondiente jefa de prensa. Lamentable o afortunadamente -la vida es así, no vamos a enjuiciarla- los editores que pueden afanarse en la búsqueda de capital simbólico, dejando de lado el capital real también denominado rentabilidad del proyecto son, en su mayoría, ricos de familia.



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