España - Voz Libre

¿Dónde están los hombres?

Samantha Devin, Culturamas - 21 de diciembre de 2012
Ser joven es estar vivo. ¿Quién no quiere ser joven? ¿Quién no quiere vivir y sentir la vida al máximo? La juventud ha dejado de ser un periodo en la vida del ser humano y se ha convertido en un ideal de vida. Y lo cierto es que este ideal podría ser maravilloso si fuera bien entendido y usado.
El término juventud hoy no sólo implica tener pocos años. Ahora, cuando hablamos de ser joven nos referimos también a una actitud ante la vida. Esa actitud comprende una serie de cualidades entre las que están la vitalidad, el entusiasmo, la plenitud, la frescura, la alegría, el candor, el idealismo… Ser joven es estar vivo. ¿Quién no quiere ser joven? ¿Quién no quiere vivir y sentir la vida al máximo? La juventud ha dejado de ser un periodo en la vida del ser humano y se ha convertido en un ideal de vida. Y lo cierto es que este ideal podría ser maravilloso si fuera bien entendido y usado. Si fuéramos capaces de extraer del espíritu de la juventud todas esas cualidades extraordinarias y a la vez ser conscientes del tiempo, de nuestro tiempo, y de la responsabilidad que la edad y la experiencia proporcionan a quienes ya no son jóvenes de edad pero si de espíritu, el mundo sería mucho más interesante.

Hoy el mundo es un patio de recreo. La juventud se ha erigido como diosa absoluta en todos los aspectos de la vida y seas joven o no, lo que impera es serlo. No en la forma a la que antes me refería, que es escogiendo las cualidades mágicas que hacen de la juventud un “divino tesoro” si no reduciendo el término a otro que ya nada tiene que ver con el ideal: El infantilismo. El mundo ya no es joven, el mundo es infantil. ¿Quién tiene la culpa? Por supuesto esos “adultos sin hacer”, esos hombres del siglo XXI que quieren ser jóvenes para siempre y que creen que actuar como lo hace un adolescente es la llave de la eterna juventud.

Una consecuencia de esa mal atendida necesidad de permanecer joven es, entre muchas otras cosas, que la mayor parte de la industria del espectáculo, el cine, la televisión, internet e incluso los libros que se consumen son creados para un público adolescente. Una película tan tremendamente infantil como Avatar, con una estética de bazar de todo a cien, tan chillona y pastelera como la habitación de una niña de 10 años, parece ser que gusta igual al adulto de 40 que al niño. Que le guste al niño lo entiendo. Es emotiva, sensible, colorida, llena de paisajes imposibles y con una historia fácil que mezcla tecnología, naturaleza y buenos sentimientos. Es una película para niños. Y está bien. El problema es que adultos de 40 años digan que les encantó, y no me refiero a madres reblandecidas que miran a través del ojo de sus hijos y de ese mundo ideal que se presenta, si no hombres hechos y derechos, o mejor, seres del sexo masculino con potencialidad de convertirse en Hombres. Que un tío de 40 años te diga que le encantaría vivir en un lugar así, o que la película es maravillosa y emocionante y que le ha llegado al alma, te hace conjeturar la edad mental, emocional e intelectual de semejante individuo.

Ser joven es el ideal, por tanto que te guste lo que le gusta a los jóvenes te convierte en joven. Pues no, te convierte en un tullido mental e intelectual, en un ser sin formar, sin hacer, con carencias y discapacidades para penetrar el Misterio y acceder a las verdaderas cuestiones, preocupaciones y divertimentos que la madurez ofrece. Ser maduro no es ser aburrido, ser mayor no es ser viejo. Lo ridículo es creer que el alimento que sacia a un adolescente es también el alimento para un adulto. Quien ha sobrepasado los 40 sabe que con 20 años lo normal es creer que lo sabes todo, y es fantástico que así sea. Yo lo sabía todo con 20 años, pero ahora sé más que TODO. Ahora sé incluso lo que todavía no sé.

Pero los jóvenes no saben. No saben qué es lo mejor, qué es lo que tiene valor, lo que tiene calidad. Los jóvenes van a lo fácil, a lo divertido porque está en su naturaleza alegre y despreocupada, porque es un síntoma de la edad. Si a un joven no se le educa permanecerá adolescente para siempre. Si no se le exige, nunca saldrá de su estrecho círculo mental, nunca verá más allá de sus ociosas y caprichosas necesidades. Puede que en un principio no le guste leer a Sófocles, pero hay que partir de la base de que la educación es eso, educar el gusto, educar los sentidos, educar la apreciación. Es entrenarse para entender, para ver lo que merece la pena ver, que casi siempre es más difícil de ver que lo vulgar y  lo corriente. No es echar una mirada rápida y decir: ¡Uf! Qué rollo.
Aún así, si después de leer a Sófocles decides que no te gusta, bien, no lo vuelvas a leer, pero tienes que saber quién es Sófocles, qué escribió, cómo lo escribió, por qué lo escribió. Porque lo que hay en Sófocles es el germen de la cultura en casi todas sus manifestaciones. Con los dramaturgos griegos comenzó el teatro, la prosa, la música y a partir de ahí surgieron las novelas, el cine, la opera, el rock… Hay que educar el intelecto, hay que reclamar la importancia de la verdadera cultura. Porque esa cultura existe, está ahí y constituye uno de los mayores logros de la humanidad. Si eres hombre, aprende lo que otros más grandes que tú han hecho por diferenciarse de los animales. Aprende a apreciar. Aprende a leer, a ver, a saborear lo bueno. No es cosa de viejos decir que Sófocles o Shakespeare son genios, es cosa de sabios, de saber apreciar lo que posee grandeza. Y una vez que sabes lo que es la grandeza, tu vida cambia y con ella tus metas y perspectivas.
Este culto a la juventud tiene unas implicaciones mucho más serias de lo que parece porque los adolescentes no pueden y no deben imponer sus parámetros a la sociedad. No pueden, por su bien más que nada, ser “los reyes de la casa”, ser los que deciden qué libro leer, que película ver y cómo gastar el tiempo en internet. Un adolescente, a no ser que sea un ser especial, no va a coger un libro de John Steinbeck y sentarse a leerlo por propia iniciativa. Para eso está el adulto, para decirle qué debe, sí, QUÉ DEBE, leer, ver y escuchar. El problema es que ese adulto es la mayoría de las veces uno de esos “adultos sin hacer” que no sabe qué recomendar porque él mismo ha descartado entrenar su intelecto, es decir, educarse y se ha convertido sin apenas darse cuenta en un inculto. Esa torpeza intelectual y cultural, esa falta de fundamento, de certidumbre y ese derroche de relativismo moral son el resultado de unas ausencias imprescindibles. Si la vida ha obligado un hombre a ocuparse de cuestiones más inmediatas como la necesidad de comer y tener un techo en un país en guerra o con peligros inmediatos, puede que no necesite a Sófocles para nada. Puede ser un sabio y un Hombre sin haber leído una línea en su vida, pero eso es lo raro. Lo habitual y lo triste, es que el hombre del mundo occidental del siglo XXI tiene las cosas más fáciles que nadie y que nunca, tiene de hecho todas las posibilidades para ampliar su inteligencia, pero no las aprovecha. Ese hombre del que hablo no se ha construido a base de dificultades, porque no ha tenido que ir a guerras, no ha estado en la cárcel por sus ideas, no ha tenido que luchar por su sustento, y una de las fuentes, su única esperanza quizá de construirse, con la que podría haber compensado semejante vacío la ha obviado, ignorado. Si no tiene un carácter privilegiado, si no posee una amplia experiencia de la vida, ni un profundo conocimiento de la cultura, de la alta cultura ¿Qué tiene? Ese hombre no puede ostentar ninguna clase de autoridad porque en el fondo, y aunque tenga más años, sigue siendo un adolescente. Su trayectoria intelectual ha recorrido el mismo camino que la generación que le sigue y por eso probablemente él tampoco sabe quién es Sófocles. Seguro que sabe quién es Justin Bieber, porque eso es lo que saben los jóvenes y para “estar en el mundo” y no “quedarse atrás” hay cosas que se deben saber. Si no, eres un carroza. Y parece ser que hoy es está peor visto ser un carroza que un inculto. Y no importa que tú no puedas hablar de Shakespeare porque ¿Quién habla hoy de él? Hablarías solo. Lo que importa es que sabes quién es el cantante de moda, porque eso quiere decir que eres joven. Y mejor ocultar la existencia de Sófocles, porque mientras nadie hable de él tú estás a salvo.

El resultado de esas carencias convierten a ese hombre un cobarde moral. Ese padre ya no trata de ser padre, quiere ser amigo. Ese profesor ya no produce respeto y miedo, tiene que ser un colega. Esos “adultos sin hacer” quieren gustar a los jóvenes porque son ellos los que rigen el mundo, quieren agradarles, no enfadarles, no herirles, hacerles creer que saben y comparten sus intereses. Como si sus intereses y preocupaciones fueran lo más importante. No se dan cuenta de que tanta comprensión, tanta empatía lo único que hace es crear niños mimados, seres ignorantes y egocéntricos de gustos perezosos que creen que la cultura se reduce a “Mortal Combat” y a los vampiros de Crepúsculo. Y es que los niños son niños y toman lo que se les da. Y si lo que se les da es poder de decisión, siempre escogerán lo que menos esfuerzo les cueste. Esa inseguridad, esa falta de autoridad en el adulto se traduce en miedo a no gustar, un miedo que hoy es de proporciones cósmicas. Con tal de no crear conflicto o mostrar intolerancia el “adulto sin hacer”, hace lo que sea, incluso evitar el compromiso que supone administrar una educación. Por eso vemos cada vez con más frecuencia seres mitad animalillos mitad humanos, que son incapaces de mantener una conversación coherente, de escribir una frase sin faltas de ortografía, o de prestar atención más de dos minutos a un tema. No tienen un modelo a seguir, no saben, porque no lo ven por ningún lado, lo que es ser adulto, ser Hombre. Educar no es mantener un dialogo de tú a tú con los niños, no es preguntarles qué quieren y por qué. Es darles aquello que les beneficia, les guste o no. El adulto debe ser su maestro, su guía, su modelo, no su colega. Colegas ya tienen en el colegio. Para crear hombres de verdad hacen falta hombres de verdad.

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