- Voz libre

El lenguaje del terror

Juan Carlos Vicente - Culturamas - 18 de enero de 2013
Traté de entender aquello que gritaba en el pasillo del vagón. La voz era ronca, quebrada, las palabras patinaban de la garganta a la lengua, vomitadas, lanzadas contra cualquiera que quisiese atender a ellas.
Traté de entender aquello que gritaba en el pasillo del vagón. La voz era ronca, quebrada, las palabras patinaban de la garganta a la lengua, vomitadas, lanzadas contra cualquiera que quisiese atender a ellas. Se dirigía a nosotros, la muchedumbre, nos reclamaba. La inquietud que poseíamos no tenía nada que ver con la mujer, nos parecía un ente lejano, algo escrito en una breve columna periodística con cierto hedor a familiaridad.

Llevaba un bebé envuelto en un pañuelo anudado a su torso. En su rostro confluían distintos rasgos étnicos. Asiáticos, árabes. Ocre, tierra, desierto. Un rostro al que occidente sin duda temía.

El convoy aumentó la velocidad tras un tramo de trayecto al ralentí. Vino en nuestra ayuda, acelerando el tiempo, convirtiendo el paisaje en una repetición de edificios y destellos borrosos que desaparecían. La mujer se detenía a veces, hablaba, gesticulaba con las manos, acercaba el bulto escondido en el pañuelo a los pasajeros y continuaba, arrastrando el pie derecho por el suelo del vagón. No hablaba castellano, arrojaba las palabras, el lenguaje, ni siquiera parecía esperar una respuesta.

Una chica muy joven, vestida con ropa deportiva y una mochila, le acercó unas monedas a las manos, pero las rechazó. Nadie entendía nada. Necesitábamos una resolución, constatar que los principios que nos habían inculcado eran sólidos. Mostrarse amables y no implicarse, actos gentiles con los que salvar nuestra conciencia, volver a casa, sabernos a salvo. Había una atmósfera de terror histórico en cada instante, un terror incomprendido íntimamente relacionado con la actuación política y las profecías. El tren volvió a ralentizar su marcha dilatando el recorrido, alargando el lenguaje desconocido que se derramaba mientras la mujer avanzaba.

El hombre sentado a mi lado murmuró:

— El bebé está muerto.

Permanecíamos quietos, apenas unos movimientos leves para desentumecer las articulaciones. Nos movíamos con cuidado, en silencio, sin aparentar una vida no merecida o superior. La mujer se detuvo frente a las puertas de apertura y giró el cuerpo sobre sus talones, dirigiéndose, sin duda alguna, a todos nosotros.

No llegamos a oírla.

Varias personas comenzaron a levantarse, anticipándose a la llegada del tren a la estación. Cubrieron a la mujer, la rodearon, ahogando la voz que surgía del cuerpo que sostenía al bebé. La involucraron en la muchedumbre, la absorbieron. Un pitido anunció la apertura de las puertas: hombres y mujeres, niños, carricoches, mochilas, bolsos, abrigos, maletas levantadas en vilo traspasando la barrera de los dos escalones. Entraban y salían, abandonaban su ubicación reclamando un nuevo y privado espacio que ocupar.

Comenzó una nueva parte del trayecto, la densidad de pasajeros había aumentado. Gente de pie, con las manos asidas a brillantes barras de metal colgadas del techo, manteniendo el equilibrio frente a la brusquedad de algunos movimientos.

Oímos un tintineo de monedas que avanzaba hacia nuestro espacio.

Frente a mí, dos mujeres abrieron sus bolsos y extrajeron sus monederos en un acto casi coreografiado. El tintineo aumentó su intensidad, avanzaba entre los cuerpos erguidos, los esquivaba con un claro objetivo. Yo giré la cabeza, el hombre sentado a mi lado hizo lo mismo. El sonido procedía del fondo del vagón y se clarificaba como un soniquete, intenso, cada vez más cercano a nuestros asientos.

Era un hombre sin brazos. Dos muñones sesgados a la altura de sus hombros, mostrados sin ningún pudor, voluntariamente exhibidos a través de una camiseta de tirantes blanca y sucia en pleno mes de diciembre. Mientras atravesaba el vagón, sostenía un vaso de plástico con la boca y emitía un sonido ininteligible que simulaba ser palabras.  Acercaba su cabeza a los asientos para que la gente depositara las monedas en el vaso, a continuación emitía un gruñido en señal de agradecimiento. Todo el mundo parecía comprender, la atrocidad de su cuerpo era clarificadora, universal, un terror universal que todos comprendíamos.

Quién no conoce un caso así, una historia que no precisa de palabras, de explicación, de detalles que pudiesen estropear el resultado final con un juicio al respecto.

El hombre sentado a mi lado se levantó y se dirigió a las puertas de salida. El tren estaba a punto de detenerse, otros pasajeros abandonaron sus asientos, sus posiciones en el pasillo central del vagón. Miré al hombre y vi que le faltaba el ojo izquierdo. No lo había apreciado antes, sentados, mostrándonos solamente el perfil contrario. Tenía un agujero cerrado en un pliegue allí donde debía estar el globo ocular y varias cicatrices lo surcaban. Parecía una herida antigua, la piel curtida, las cicatrices como costuras de cuero imposibles de desgarrar, un lenguaje procedente de la memoria.

El tren se detuvo y una nueva muchedumbre ocupó el espacio abandonado.

Catalogué a algunas personas con solo mirarlas, las doté de un estatus, de unos privilegios y derechos y obligaciones. Les daría una historia, una voz propia, un lugar dentro del terror mundial y el inconsciente.

Después de todo, es mi trabajo.


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